La avicultura industrial para la producción de carne y huevos es uno de los sistemas más eficientes para transformar materias primas de bajo valor biológico en alimentos de alto valor nutricional para el consumo humano. Gracias al trabajo conjunto de genetistas, nutricionistas y especialistas en sanidad animal, la industria ha logrado altos niveles de productividad, calidad y competitividad en precios. Sin embargo, este avance también ha tenido consecuencias en la salud de las aves.
La intensa selección genética ha incrementado la susceptibilidad a problemas metabólicos, los cuales varían según el tipo de producción. En los pollos de engorde, los machos presentan mayor vulnerabilidad debido a su rápido crecimiento muscular, que no siempre se desarrolla en proporción con los órganos vitales. Asimismo, se presentan trastornos como el síndrome de ascitis y el síndrome de muerte súbita, asociados a fallas cardiorrespiratorias, con distintos períodos de aparición. En el caso de las gallinas ponedoras, son más frecuentes los trastornos hepáticos, como el síndrome hemorrágico del hígado graso, especialmente en aves de ciclos productivos largos.
Las enfermedades metabólicas representan una vía silenciosa de pérdida de eficiencia productiva. Su impacto se intensifica cuando se combinan con factores externos como el estrés térmico, problemas sanitarios y el uso de materias primas de baja calidad, particularmente cuando están contaminadas con micotoxinas. Estudios como el de Yinianto et al. (1996) muestran que, en pollos de engorde, el aumento de la temperatura ambiental de 28 a 34 °C genera una pérdida significativa de energía corporal, afectando directamente la conversión alimenticia y el rendimiento.
Desde el punto de vista fisiológico, el estrés metabólico puede evaluarse mediante marcadores biológicos relacionados con procesos oxidativos, inflamatorios e inmunológicos. Estos indicadores permiten validar estrategias orientadas a reducir los desequilibrios metabólicos en diferentes sistemas de producción.
Diversas investigaciones han demostrado los beneficios del uso de componentes naturales con efecto modulador del estrés metabólico. Fouad et al. (2025) destacan el potencial de la Curcuma longa como agente antiinflamatorio, debido a su capacidad para reducir la expresión del factor NF-kB y la producción de citocinas proinflamatorias. Además, estudios muestran su efecto antioxidante, evidenciado por el aumento de enzimas como catalasa, superóxido dismutasa y glutatión peroxidasa, junto con la disminución del malondialdehído, un marcador del daño oxidativo.
El uso de fitoterapéuticos tiene una larga tradición en la medicina humana y su aplicación en la producción avícola ha demostrado ser efectiva para mejorar el desempeño productivo. Investigaciones recientes indican que las mezclas de extractos vegetales generan mejores resultados que los compuestos aislados. Carpio et al. (2024) comprobaron que una combinación de cardo mariano, cúrcuma, betaína y otros extractos permitió recuperar la conversión alimenticia en aves con daño hepático inducido, superando los resultados obtenidos con extractos individuales.
Este efecto sinérgico entre plantas ha sido ampliamente documentado como una herramienta para reducir las pérdidas productivas asociadas al estrés por calor y a infecciones bacterianas. En este contexto, la aplicación racional de extractos fitoterapéuticos representa una estrategia clave para preservar la salud general de las aves, mitigar el impacto del estrés metabólico y maximizar el rendimiento productivo.

